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Mon Laferte
Opinión
Texto en el que el autor aboga por ideas y saca conclusiones basadas en su interpretación de hechos y datos

La artista chilena Mon Laferte, el territorio que le corresponde

Una carta firmada por más de 600 artistas visuales de Chile, en rechazo del despido de un programador de un importante centro cultural, puso al centro a la cantante. ¿Quién decide el espacio que podemos abarcar?

Mon Laferte exposición

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“Cuando uno se porta mal, en vez de irse al infierno se va a Chile”, dijo el cineasta Raúl Ruiz una vez, en una conversación en medio del Festival de Cine de San Sebastián. Es broma, pero si quieres no es broma, pienso cada vez que me cruzo con ese video. En la frase el sarcasmo funciona, así como en la comedia, porque es un poco verdad. Este país delgadito y largo, este pasillo hermoso entre el mar y Los Andes, al sur del mundo, se siente a veces de esa forma. Chile puede llegar a ser asfixiante para quienes lo habitamos. Tarde o temprano.

Hace unas semanas hubo una conversación que me quitó un poco el aire —siguiendo la metáfora— como si me hubiese ido a correr montaña arriba. Más de 600 personas trabajadoras de las artes visuales en Chile firmaron una declaración pública en la que rechazaban el despido de Alonso Yáñez, jefe de programación del Parque Cultural de Valparaíso (PCdV), uno de los principales centros culturales del país y también Sitio de Memoria y Monumento Histórico: “Denunciamos que su desvinculación responde, en parte, a su firme defensa de los acuerdos pactados con los artistas seleccionados para exponer en el PCdV. En reiteradas ocasiones, Alonso exigió que se respetaran las fechas programadas y los tiempos de exposición comprometidos. Sin embargo, hemos sido testigos de cómo estos acuerdos han sido vulnerados cuando figuras del espectáculo, como Mon Laferte, han sido privilegiadas en la programación del espacio, desplazando a artistas previamente programados y reduciendo los plazos de exhibición de sus obras”.

La carta menciona a la cantante a propósito de su exposición Te amo, Mon Laferte Visual, que reúne pinturas, bordados, dibujos e instalaciones con muñecas a gran escala hechas de tela por la también cantante y que incluye, además, un eje biográfico con fotografías, documentos personales, objetos, vestuarios y videos, algunos fragmentos de la vida de la artista. La muestra fue presentada en Santiago en el año 2023 y ahora, en el verano chileno del 2025, desembarcó en la Región de Valparaíso, lugar de origen de la artista.

Al leerla, lo primero que resonó en mí fue el uso del concepto “figuras del espectáculo”. Primero, se utiliza en plural, pero solo nombran a una persona. ¿El calendario de programación se movió por alguna otra persona reconocida? Hasta ahora no lo sabemos. Y lo segundo, se le menciona como “figura del espectáculo” en vez de “artista visual”, que es lo que es Mon Laferte. “Figura del espectáculo” como algo peyorativo, como alguien cuyo lugar está en otro lado y es una invasora. Algo que también me pregunté fue si acaso 600 personas habrían firmado esa carta si la programación se hubiese movido por alguien como, por ejemplo, el archiconocido y respetado artista visual (también autodidacta), arquitecto y Premio Nacional de Artes Plásticas, Alfredo Jaar. Yo creo que no. Probablemente las (pocas) críticas solo se hubiesen dado en conversaciones en grupos de confianza, como un boca a boca silencioso.

Al leer esta carta, también me pregunté por qué la comunidad de las artes visuales no escribió ni una sola coma cuando, a fines del 2023, un grupo de trabajadoras del Parque Cultural de Valparaíso denunció maltratos laborales y despidos injustificados. “La mayoría de las personas despedidas somos mujeres con hijos pequeños, entre ellas una mujer embarazada, y todas como principal sustento económico de nuestros hogares, quienes hemos tenido que trabajar en condiciones de informalidad, inestabilidad laboral y sin derechos laborales, algunas por meses y otras incluso por años”, explicaron en una carta abierta.

Por supuesto, la mención a la cantante y la contundente lista de firmas hizo eco en los medios de comunicación y las redes sociales, a lo que Alex Chelew, presidente de la Asociación de Pintores y Escultores de Chile (Apech), señaló en entrevista con Radio Bío Bío que “esto se ha tergiversado, porque el punto no es Mon Laferte, el punto no es su muestra, ni su trayectoria, ni su talento, nada de eso (...) Acá se trata de la salida de Alonso Yáñez, que era el exjefe de programación. Él intentó resistir a la presión por anteponer esa exposición ante un programa que estaba concesionado”.

Mon Laferte exposición

La idea de una tergiversación me resultaría plausible si el contexto de semanas anteriores hubiese sido distinto. A la fecha de la aparición de esta carta, ya se habían publicado tres columnas criticando la pertinencia de esta exposición y también la de Autopoiética, una nueva muestra que realizó Mon Laferte desde octubre pasado en el centro cultural Matucana 100 de Santiago. La primera publicación fue de Leonardo Portus, artista visual autodidacta (al igual que Mon Laferte), titulada ¿Y si no fuera Mon? Cuando la fama se salta la fila, en la que acusaba a la artista de utilizar su privilegio de la masividad para conseguir espacios expositivos importantes en el país y financiamiento para mostrar su obra visual. Que por ser famosa, Mon Laferte no tuvo que peregrinar de rodillas, casi, como cuando se está intentando pagar un favor a un santo, para acceder a estos lugares del circuito de las artes visuales.

Me generó especial interés el párrafo en el que se pregunta “¿qué pasaría si un artista visual chileno decidiera de repente incursionar en la música popular, haciendo el mismo crossover que Mon Laferte?”. Por ejemplo, si quisiera alquilar un gran teatro para realizar un concierto, escribe Portus, “lo más probable es que el dueño accediera exclusivamente por una necesidad económica, sin anticipar que tal decisión despertaría la suspicacia de los músicos profesionales que buscan presentarse allí. Todos entenderíamos que algo falla en la percepción de la realidad y el ego de este artista visual devenido en músico popular”. Después de trabajar como periodista musical más de quince años, la verdad, no lo tengo tan claro.

La escena musical no es miel sobre hojuelas y durante los últimos años hemos visto cómo la popularidad de artistas de trap y reguetón ha explotado, realizado conciertos para miles de personas y me ha tocado escuchar —en off, siempre en off— más de alguna queja por músicos de otros ámbitos sobre por qué estos nuevos y populares artistas son los únicos que venden tantas entradas y ya no tanto el rock independiente, por ejemplo.

Pero ¿cuestionar la percepción de realidad o ego? No, la verdad. Porque es la gente quien quiere escucharlos en vivo. Por otro lado, hay personas como el artista visual Iván Navarro que hace solo algunas semanas celebraba los 20 años de Hueso Records, un sello discográfico que define en esta entrevista como “un sistema para salirse de los sistemas tradicionales, de los museos o galerías que no han logrado cautivar a las personas” y que ha realizado una labor muy importante en la publicación de música que se hacía en el under durante la dictadura de Pinochet. También está Diego Lorenzini, excepcional como músico y artista visual y una de las personas más libres y creativas que están haciendo música en Chile, actualmente. Ninguna suspicacia comunitaria hacia los dos por traspasar disciplinas, en absoluto.

Con un día de diferencia apareció la publicación Te amo Mon Laferte: comprar el sueño de la artista interdisciplinaria, escrito por la periodista Javiera Arrate, en donde la autora hace algunas descripciones de la muestra de la artista en el Parque Cultural de Valparaíso y asegura que “el arte visual no tiene aún un reality show pero esta exposición me confirma que la artista chilena-mexicana pudo pagar por el sueño de la artista interdisciplinaria”. Me sorprende lo siguiente, algunos párrafos después de esa bajada: “Destaco la serie llamada Cerro Cárcel, donde toma testimonios de historias de mujeres privadas de libertad en Valparaíso, exclusivamente por darle visibilidad a una temática que va más allá de ella misma. Lástima que solo las conoció por Zoom”. Me sorprende porque es de conocimiento público su vínculo de años con las internas de la Cárcel de Valparaíso. Las ha visitado, ha cantado para ellas y también ha realizado talleres de composición de la mano de Pájarx Entre Púas, Colectiva de Arte Feminista Anticarcelarias, quienes hace pocos meses, además, en el mismo Parque presentaron la obra “Juntas más libres”, con música de la artista y también la canción Mis tesoros, creada colectivamente en el laboratorio de canciones. También ha hecho lo mismo en el Cereso femenil de Ciudad Obregón, en México. Prefiero pensar que este error en el texto de Arrate obedece a un desconocimiento y no a un comentario deliberado.

Dos semanas después apareció De la resistencia y Mon Laferte, escrito por la curadora independiente Elisa Massardo en donde también se critica el uso de estos espacios de exposición por parte de la cantante. Me llamó mucho más la atención, eso sí, el video que Massardo publicó en sus redes promocionando su reciente columna de opinión. “Se metió en un territorio que no le corresponde y lo hizo de mala manera, porque podría haber seguido escalando de forma paulatina y a lo mejor ganándose el respeto de la comunidad que trabaja en artes visuales en este país, pero no lo hizo de esa forma”, dijo.

Mon Laferte junto a su obra “We are the Children”, en Zona MACO, en Ciudad de México.

¿Quién, quiénes o qué establece aquellos límites, tan estrictos (tan milicianos), a los que se refiere Massardo? ¿Los propios artistas? En parte sí. Podría contar con varios dedos de mi mano a las actrices que me han comentado que, por querer también hacer música, entran en un limbo en el que cuesta mucho más ganarse el respeto de sus pares de ambas disciplinas. Como si querer ser artista fuese sentir un llamado, realizar una serie de votos —incluido el de pobreza—, y todo lo que venga después deba ser conducido por la vía de un solo sentido sin mirar para el lado. Por otra parte ¿quién, quiénes o qué es lo que marca la ruta que debe seguir una artista para ser respetable para la comunidad de las artes visuales? ¿Acaso es ese camino pedregoso, sacrificial, lento y lleno de maltratos? ¿Se gana el respeto quien más tiempo lo soporta? ¿Lo merecen quienes estudian arte en la universidad? ¿Dónde entra en la conversación el arte que se produce? Y algo más, que ha estado fuera ¿importan las audiencias? Dicen que la gente común y corriente no tienen al arte como una prioridad ¿qué hace la comunidad artística para conectar con ella? ¿Les importa?

Esas columnas, esa carta y los comentarios que he escuchado por semanas en conversaciones con personas que se dedican a una actividad artística, me dejan, al final, una sensación muy similar: la de estar frente a burócratas, a expertos y expertas de los formularios. Y jamás podría culparles, porque lo que existe de fondo en la discusión de quién puede ocupar tal o cuál lugar es la precariedad del desarrollo artístico en Chile, un mercado del arte que veo muy pocas veces cuestionado, para ser honesta y la crisis de una política cultural que se ha basado en un sistema de puntos para su financiación que termina siendo casi la única oportunidad de las y los artistas que viven en este país ya no para sobrevivir, sino para simplemente desarrollar sus obras. Sí, puede resultar asfixiante. Y la falta de aire desespera.

Dicen que dedicarte por completo a una sola cosa puede crear excelencia. Día tras día, sin parar. Pero también pasa que cuando repetimos una palabra incesantemente, el sentido de esta comienza a desaparecer. Me encantaría pensar que esta indignación de una parte de la comunidad artística se podría reconducir hacia un lugar más fértil. Volver a repensar esa estricta ruta que se supone hay que seguir para poder lograr tener éxito en un campo. “Respeto”. Airear la casa. Nada está escrito en piedra y realmente todo depende de nosotros (pero en conjunto), incluso cambiar las estructuras que nos hacen mucho daño y que llegamos al punto de defender porque es lo único que tenemos.

Lo que más me fascina de la creación artística es que, en general, es algo que nadie pidió. Nadie estaba esperando ese libro, nadie esperaba esa canción, nadie esperaba esa pintura. Pero lograron existir y gente volteó a mirar, a leer, a escuchar. Y se les metió dentro. Creo que allí reside un poder muy grande que se ve nublado por la precarización de la mayoría de las y los artistas en Chile, las pocas perspectivas de desarrollo y, por qué no decirlo, el maltrato y las desconfianzas que pululan por el ambiente.

“Llegué a la conclusión de que me dediqué a la música porque fue fácil para mí”, me dijo Mon Laferte en una entrevista el año pasado. “Era un camino más rápido, entre comillas, porque todos sabemos que hacer música no es fácil. Ahora me doy cuenta de que si hubiese tenido más herramientas o educación, la música no hubiese sido la primera opción, sino que habría sido una artista visual, directora de cine o me hubiese dedicado a crear instalaciones. Yo no veo mi proyecto como el de una artista musical, sino como un todo. Por ejemplo, ahora estoy pensando en un nuevo disco y ya tengo el nombre, la portada, sé cómo me voy a vestir, cómo se va a ver el escenario, pero no tengo ninguna canción”.

Javiera Tapia Flores es periodista cultural y autora de los libros Es difícil hacer cosas fáciles: Los diez años que cambiaron la música en Chile y Amigas de lo Ajeno: Lo que me contaron (y cantaron) las músicas chilenas. Reside en Santiago de Chile.

La imagen de la semana

La participación de Cuauhtémoc Blanco, rodeado de legisladoras, en la sesión donde se discutió su posible desafuero.

El Congreso de México, la más alta tribuna del país, que tiene 251 legisladoras elegidas democráticamente por votantes de toda la nación, ha sido el escenario en donde el pasado 25 de marzo, con un abrumador respaldo de los representantes de su partido, el oficialista Morena, del PRI y del Verde Ecologista, el exgobernador de Morelos y estrella del fútbol mexicano, Cuauhtémoc Blanco, evitó que le fuera retirado el fuero para poder ser juzgado por el presunto abuso sexual de su hermanastra, Nidia Fabiola Blanco.

La Fiscalía de Morelos —donde tuvieron lugar el presunto delito y la denuncia—, había solicitado al Congreso retirar la inmunidad a Blanco para poder llevarlo ante la justicia. Parado frente a esa tribuna, y respaldado por legisladoras afines, Blanco se declaró inocente y se refirió a la presunta víctima como “la señora”. La sesión del desafuero fue un zarpazo de realidad: los acuerdos políticos los siguen haciendo los hombres en función de su conveniencia y la influencia que las mujeres pueden tener en esas decisiones aún es marginal. Como lo ha escrito nuestra compañera, y jefa de redacción de El País México, Sonia Corona, en su columna: “De poco sirve tener un lugar en la mesa, si el argumento de una de nosotras no consigue que la mesa se tambalee”.

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