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Obituario
Opinión
Texto en el que el autor aboga por ideas y saca conclusiones basadas en su interpretación de hechos y datos

Borís Spassky, el ajedrecista que fue víctima de Fischer, pero también mucho más

El campeón del mundo destronado en plena guerra fría falleció este jueves en Moscú a los 88 años tras una vida novelesca

El campeón del mundo de ajedrez Boris Spassky durante una competición el 11 de julio de 1973.
El campeón del mundo de ajedrez Boris Spassky durante una competición el 11 de julio de 1973.Evening Standard (Getty Images)
Leontxo García

La vida de Borís Spassky (1937-2025) da para una buena película aunque en ella no aparezca Bobby Fischer (1943-2008). Pero su etiqueta en la historia dirá siempre que perdió el histórico duelo con Fischer (Reikiavik, 1972) en plena guerra fría entre la Unión Soviética (URSS) y EEUU. Spassky, décimo campeón del mundo (1969-1972) murió este jueves en Moscú, donde vivía desde que, en 2012, él mismo, ayudado por la embajada de Rusia, organizó su propio secuestro en París para dejar a su esposa, Marina, y marcharse en silla de ruedas con su nueva compañera, Valentina.

Spassky aprendió a jugar al ajedrez de manera muy original, a los 5 años, en un tren lleno de niños evacuados de Leningrado -la actual San Petersburgo- antes de que los nazis sitiaran la ciudad con el objetivo de matar de hambre a todos sus habitantes. Después de ese episodio traumático, su existencia fue relativamente tranquila, feliz y con muchos éxitos desde que, a los 10, ganó en una exhibición de simultáneas a Mijaíl Botvínik (1911-1995), campeón del mundo un año después y gran patriarca del ajedrez soviético, hasta que destronó a otro de los nombres sagrados del ajedrez soviético, Tigrán Petrosián (1929-1984), en 1969, a los 32.

Y ahí es cuando se cruza en su vida el hombre que iba a marcarla para siempre, Fischer, el campeón más carismático, polémico e idolatrado de la historia del ajedrez. Para entender por qué el legendario duelo por el título mundial en Reikiavik (Islandia) fue noticia de primera página durante meses en muchos países hay que saber dos cosas: el botón de la guerra nuclear entre la URSS y EEUU estuvo a punto de ser pulsado varias veces en aquella época; el ajedrez era una pasión nacional en la URSS y, por tanto, un escaparate para exhibir la pretendida superioridad intelectual del comunismo sobre el capitalismo. El secretario de Estado (equivalente a ministro de Exteriores) Henry Kissinger llamó desde la Casa Blanca a Fischer para pedirle, en nombre del presidente Richard Nixon, que se esforzara al máximo en destronar a Spassky.

Borís Spasski saluda a su rival Anatoly Karpov, que después sería campeón del mundo.
Borís Spasski saluda a su rival Anatoly Karpov, que después sería campeón del mundo.picture alliance (dpa/picture alliance via Getty Images)

Spassky explicó una vez su primer divorcio argumentando que su esposa y él eran como alfiles de distinto color; es decir, que uno iba siempre por las diagonales blancas y el otro por las negras, sin encontrarse nunca. Y la verdad es que podría haber dicho algo parecido sobre Fischer, arrogante, agresivo en el tablero y en la vida, escandaloso y muy polémico, mientras que Spassky era un caballero muy elegante de comportamiento impecable, carácter muy equilibrado y estilo de juego universal, capaz de defender como Petrosián y de atacar como Mijaíl Tal (1936-1992), otro de los grandes campeones soviéticos.

En Reikiavik, Fischer montó una serie de escándalos, líos y protestas que probablemente desquiciaron a Spassky, a pesar de que el campeón del mundo los aguantó con aparente sangre fría. Pero perdió ese duelo (8,5-12,5) y también el honor de la URSS ante su principal enemigo, y por tanto fue recibido en Moscú como un traidor pocas horas después de manifestar esto en Islandia: “Creo que la vida para mí será mejor después de este duelo (…). Lo pasé muy mal cuando gané el título, en 1969. Quizá la principal dificultad fue que tenía tremendas obligaciones, en el sentido de representar a mi país en todo el mundo. Tuve que hacer muchas cosas por el ajedrez, pero no para mí mismo como campeón del mundo”.

Sin embargo, cuando parecía que su vida estaba destinada a la amargura y la depresión, Spassky hizo dos jugadas maestras. Primero se enamoró de una mujer franco-rusa, Marina Sherbácheva, que trabajaba en la embajada francesa en Moscú. Y a continuación propuso el siguiente trato a las autoridades soviéticas: “Si me dejáis emigrar a París, os prometo dos cosas; que no hablaré nunca contra la URSS y que estaré disponible para jugar con la selección nacional siempre que sea convocado”. En el Kremlin accedieron, y Spassky volvió a ser feliz. Ahora sí rentabilizaba su fama, y sin disimulo alguno: sus partidas en torneos terminaban con frecuencia en empates rápidos sin lucha; con tal descaro, que a veces se presentaba en la sala de juego con ropa de tenis y raqueta, para que su rival supiera que estaba listo para firmar la paz en minutos.

Al mismo tiempo, Spassky sufría una especie de síndrome de Estocolmo con respecto a Fischer, y era uno de los poquísimos amigos de verdad que tenía el desequilibrado estadounidense, desaparecido de la vida pública desde que renunció al título, en 1975, a pesar de que el dictador filipino, Ferdinand Marcos, había ofrecido una bolsa de cinco millones de dólares de entonces (hoy serían fácilmente diez veces más) para que lo defendiera ante Anatoli Kárpov. Tras rechazar en 1991 dos ofertas de promotores españoles (José Ignacio Borés y Luis Rentero) para un duelo amistoso de revancha, Fischer y Spassky aceptaron una, en 1992, del mafioso yugoslavo Yezdímir Vasílievich para enfrentarse en Sveti Stefan (Montenegro), a 50 kilómetros del frente de guerra de Bosnia y a pesar de que la Casa Blanca advirtió a Fischer de que estaba violando el embargo contra Yugoslavia (fue detenido por ello trece años después, en Japón, hasta que Islandia le concedió asilo político).

Spassky volvió a perder (10-5 y quince empates), pero cobró 1,65 millones de dólares. Y con ese dinero siguió disfrutando de la vida en Francia hasta que, en 2008, tuvo que asistir al entierro de su amigo Fischer en Reikiavik, donde preguntó si a él le podrían sepultar, cuando tocase, en la tumba de al lado. Después sufrió varios ictus, el último en 2010, que le dejaron con medio cuerpo paralizado y en silla de ruedas.

Y entonces, en 2012, pasó algo rocambolesco. A pesar de que varios testigos indican que Spassky estaba muy bien cuidado por Marina en París, él pidió a sus amigos rusos que organizasen una especie de secuestro: lo sacaron de su casa sin que Marina lo supiera, pasaron por la embajada rusa para obtener un pasaporte de un solo uso y volaron a Moscú, donde -mientras sufría demandas judiciales de Marina y el hijo de ambos- ha vivido desde entonces con su nueva compañera, Valentina Kuznétsova, una persona de fachada de hierro pero corazón amoroso, a juzgar por los visitantes de la pareja. Uno de ellos, el chileno Daniel Yarur, amigo de Spassky, asegura que el décimo campeón del mundo mantenía una agilidad mental “más que aceptable” a pesar de los ictus, en 2019, antes de la pandemia.

El autor de este obituario vio por última vez a Spassky en Sochi (Rusia), a orillas del Mar Negro, durante el duelo por el Mundial de 2014 entre el noruego Magnus Carlsen y el indio Viswanathan Anand. Muy lúcido en su silla de ruedas, me contó que soñaba a menudo con Fischer, y que Carlsen le caía bien: “Lo veo como un gnomo. Y además tiene la inteligencia de no meterse en política, algo peligroso en los tiempos que corren”. Al decir eso, se refería a que Putin acababa de invadir Crimea. Le pregunté qué tal estaba, y se aferró al ajedrez: “Mi esposa francesa me ha quitado mis propiedades, mi archivo, todo. Y la tragedia de la guerra de Ucrania me afecta mucho. Pero intento ser feliz escribiendo mis memorias, viendo salir el sol cada día, observando cómo crecen mis plantas. Hoy más que nunca necesitamos el ajedrez. Mover esas piezas de madera y pensar en su estrategia nos permite olvidar las desgracias de este mundo”.

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Sobre la firma

Leontxo García
Periodista especializado en ajedrez, en EL PAÍS desde 1985. Ha dado conferencias (y formado a más de 30.000 maestros en ajedrez educativo) en 30 países. Autor de 'Ajedrez y ciencia, pasiones mezcladas'. Consejero de la Federación Internacional de Ajedrez (FIDE) para ajedrez educativo. Medalla al Mérito Deportivo del Gobierno de España (2011).
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