La mirada de Ela Minus
Antes de su presentación en Estéreo Picnic, la colombiana Gabriela Jimeno conversa sobre la mirada con la que ha construido uno de los universos estéticos más sólidos de la música electrónica actual

DÍA apareció el 17 de enero de 2025. El segundo trabajo solista de Gabriela Jimeno, Ela Minus, tiene como portada un retrato frontal suyo sobre un fondo neutro, iluminado en tonos fríos. El encuadre es cerrado; su rostro ocupa el centro de la imagen, pero su mirada se desplaza mínimamente a la izquierda, con lo que introduce una tensión sutil entre presencia y distancia.
Sin texto ni título, aparecen dos columnas verticales de números blancos, distribuidas con precisión. En la primera, la numeración del 001 al 010; en la segunda, registros de tiempo como 00:00, 05:14 o 29:32, que marcan el inicio de cada canción. La carátula se convierte así en un índice visual que deja claro que es una obra concebida como un todo, pensada para escucharse de principio a fin.
Sobre el nombre del disco, la artista ha explicado que hay una definición que le resuena: “Un día es un periodo de tiempo definido por la presencia de luz”. Ela Minus crea uno que dura 29 minutos con 32 segundos. En él convergen la música, el diseño, lo audiovisual, los gestos escénicos, la arquitectura.

Por ahí arranca la conversación con Gabriela: bogotana de nacimiento; baterista formada en Berklee College of Music; exintegrante de la banda de post-hardcore adolescente Ratón Pérez y del trío Balancer; diseñadora sonora con experiencia en la fabricación de sintetizadores. Antes de su presentación en el Festival Estéreo Picnic 2025, este domingo a las 22.30, este collage explica la mirada con la que ha construido su universo estético.
Fugazi y Vladimir Dubyshkin, referentes visuales para Ela Minus
―Los discos siempre han sido muy importantes para mí. La parte visual. Tocarlo, ver la portada y la contraportada. Me acuerdo inmediatamente de las carátulas – explica.
―¿Cuáles recuerda?
―Todas las de Fugazi. Son muy icónicas.
La banda estadounidense de post-hardcore elegía un diseño gráfico sobrio, de reducidas paletas de colores, tipografía sin ornamentos y una estética que oscila entre lo funcional y lo abstracto. 13 Songs (1989) muestra una composición mínima, con fondo rojo encendido y letras neutras. En Red Medicine (1995) se observan las letras “GAZ”, tomadas de un amplificador, y una imagen invertida de los miembros de la banda sumergidos en agua, generando una sensación de desplazamiento y extrañeza. In on the Kill Taker (1993) muestra una imagen deslavada del Monumento a Washington, en tonos sepia y con textura granulada, como una fotografía de archivo.
Jimeno ha mencionado en otras entrevistas su gusto por las portadas del productor ruso de electrónica Vladimir Dubyshkin. En Ivanovo Night Luxe (2024), la carátula es un bloque púrpura sólido, con tipografía sencilla, casi clínica. Una fórmula que repite en Cheerful Pessimist (2018), con un fondo rosa vibrante. Una apuesta por el minimalismo gráfico y los colores de neón.
―Somos seres completamente visuales. Lo visual tiene un impacto emocional muy fuerte y para mí, es una parte fundamental de crear un mundo. Hacer discos, al final, también es crear mundos – afirma.
Lo onírico y el loop
Dos películas que marcaron a Ela Minus: Alicia en el país de las maravillas (1951) y Réquiem por un sueño (2000).
―Suele haber una película que, apenas termina, deja la sensación de que ahí hay algo más ¿Cuál la marcó?
―Por alguna razón pienso en dos completamente distintas: Alicia en el país de las maravillas, la animada, y Réquiem por un sueño, que me marcó muchísimo en la adolescencia, estéticamente sobre todo.
Se refiere a la Alicia de Disney, estrenada en 1951 y que décadas después se convirtió en un clásico de culto, en parte gracias a su relanzamiento en VHS en 1986 y a su apropiación por públicos adolescentes en los noventa. Su estética —colores planos, saturados, psicodelia controlada y una narrativa fragmentada— la convirtió en una experiencia onírica.
Réquiem por un sueño (2000), en cambio, es un descenso brutal hacia el deterioro. Darren Aronofsky la compuso con montajes hiperacelerados, microplanos, cortes abruptos y loops visuales que intensifican la ansiedad, la obsesión y el colapso. Es la técnica del hip-hop montage, una forma de edición rítmica en la que acciones mínimas —abrir una nevera, tragar pastillas, inyectarse— se repiten en secuencias casi musicales.

―La repetición siempre me ha llamado mucho la atención: en la música, en lo visual, en todo. Me atraen mucho los patrones― dice.
Esa fascinación por el loop atraviesa su obra. Para el videoclip de Ceremony (2017), se inspiró en Blok, un cortometraje de 1982 del polaco Hieronim Neumann. En él, una cámara que se desplaza horizontalmente por un bloque de apartamentos, revelando viñetas de la vida cotidiana: escenas triviales, repetidas como si los personajes estuvieran atrapados en un bucle. En el video de Ceremony, lo importante no es llegar a un clímax, sino insistir en el movimiento.
―¿Qué imágenes la tienen atrapada hoy?
―Roy Andersson. Estoy obsesionada. Siempre me ha gustado, pero vi Songs from the Second Floor y volví repetí toda su filmografía. Ves las películas y sientes que estás en otro planeta. Todo es tan único.
Es un universo artificial, estático y absurdo que le resulta profundamente auténtico. Como si el artificio, en lugar de ocultar, revelara una verdad emocional. Le atraen los encuadres fijos, la coreografía lenta, los personajes suspendidos en un presente infinito. En ese humor seco y esa melancolía orquestada, Ela Minus encuentra una sensibilidad que vibra con la suya: la contemplación atravesada por el ruido, el caos y la humanidad.
La arquitectura de un universo
―¿Cómo es su relación con la arquitectura, con el paisaje urbano?
―¿Qué logro de la humanidad, no? Que exista un edificio, funcione y no se caiga… me parece una locura. Me gusta el brutalismo. Uno de mis edificios favoritos es el Barbican, en Londres: sus espacios muy grandes, los techos altos, el agua por todas partes, los jardines, el concreto… Me encanta cómo se siente. Es triste que el paisaje urbano se haya ido globalizando y todo tienda a verse igual.

El espacio como algo que se siente. Si bien en sus viajes intenta visitar museos y parques —donde percibe que habita el alma de una ciudad—, lo que más ve son venues. No solo le interesa el espacio físico, sino la forma en que las personas lo habitan. En Holanda, dice, ha notado un vínculo casi afectivo con esos locales, que son espacios protegidos y defendidos. En como Inglaterra, en cambio, encuentra una relación más áspera, más punk. Ella percibe la cultura del lugar a través de su paisaje.
Ela Minus es la directora creativa de sus proyectos, define la visión general, la narrativa estética, los conceptos. Lo hace con una lógica intuitiva. Va guardando referencias hasta que, llegado el momento, tiene un universo conceptual listo para desplegarse. Compara ese proceso con el de componer música: toma distancia, escucha todo junto y descubre el hilo conductor.
Con DÍA, ese hilo es el tiempo. Las referencias visuales vienen de texturas de óxido —símbolo del paso del tiempo— que encontraba. A partir de eso, viajó a Barcelona a hacer experimentos con distintos tipos de oxidación y fotografiarlos.
Esta es la arquitectura de Ela Minus: una construcción desde lo sensorial, lo simbólico y lo material. La imagen no es un adorno; es un elemento estructural de un universo. Es la lógica del world-building, un concepto que viene del cine, la literatura o los videojuegos, donde se crean universos coherentes, autónomos y autosuficientes. En Ela Minus, ese mundo no es una ficción, sino una atmósfera: un lugar en el que suenan las canciones, se despliegan colores, texturas, silencios, luces y gestos escénicos.
Construir mundos como un acto humano
―¿Qué es lo primero que experimenta cuando ves el lugar en el que se va a presentar?
―Pienso en cómo lograr que las luces lo transformen en mi idea…
Le gustan los venues pequeños. Su apuesta para transformarlos es sobria y calculada: una oscuridad casi total, interrumpida por una fuente intensa que emana desde los sintetizadores, como si se tratara de un altar. En estos escenarios íntimos, todo gira en torno al concepto de DÍA: tiempo y luz, inicio y retorno. Su show no busca el deslumbramiento, sino una experiencia ritual, cuidadosamente contenida hasta que explota.
Ela Minus lanzó su disco en el Planetario de Bogotá el pasado 17 de enero. La cúpula pasó de ser un manto de estrellas a un campo de pulsos, luces y frecuencias. La artista apareció envuelta en una atmósfera púrpura que vibraba al ritmo de los sintetizadores. Cada beat era una respiración que se expandía por la bóveda, mientras el público —envuelto en ondas, atrapado entre el techno introspectivo y la reverberación de su voz— habitaba un espacio de resistencia y belleza digital.
Para Ela Minus, los festivales no son una extensión natural de ese trabajo. Exigen otro lenguaje, otra escala, otro tipo de atención. Aunque lo más importante sigue siendo el sonido, ha aprendido que, en ese contexto, pesa más lo visual. Por eso ha incorporado pantallas, cámaras en vivo y una iluminación más espectacular. Aun así, su búsqueda no cambia: intenta llevar la intimidad a lo masivo, incluso en escenarios abiertos.
―Toco de espaldas, pero tengo una cámara de frente, entonces me ven la cara. Quiero generar la sensación de que no se trata de mí, se trata de todos juntos. Vamos a crear algo.
Lo suyo no es un espectáculo, sino un pacto. Le encanta La historia del arte, de Ernst Gombrich, por la manera en que pone en el centro las vidas que las hicieron posibles las obras.
―Es como una Biblia para mí. Cuenta la historia del arte de una forma que… la única palabra que puedo encontrar es humana. Realmente habla de los artistas. Un poco de su trabajo, sí, pero sobre todo de cómo llegan a él, de lo que los mueve. Me parece increíble.
Esa es, precisamente, la mirada de Ela Minus. Construye mundos como una práctica estética, emocional y profundamente humana. Sonido e imagen son el esqueleto de una estructura que deriva en contemplación y catarsis, atravesadas por una melancolía que no se opone a la belleza, por una sanación que no ocurre en el silencio, y por un azar que irrumpe en medio de los patrones para recordarnos que estos mundos existen porque decidimos vivirlos.
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